Liturgy Corner—Página Liturgica

FIFTH SUNDAY OF LENT:

A true Lenten conversion must begin with a look of tenderness and compassion.  They are two things that can prevent us to truly experience the look of God’s immensity love for us.  One is our self-satisfaction or sense of justification and the other is our constant intuition of unworthiness conscientiousness in a sense of saying God would never forgive us.  In both cases we can found ourselves wrestling with God’s merciful heart and compassion.  For the past couple weeks, the Lenten liturgy invites us to focus on the tremendous ability of God to forgive and to show mercy.  There is no such sin that God cannot forgive.  We have learned and experienced through the salvation history that God has always shown mercy to sinners, even the most reckless people.

The scripture readings for this fifth Sunday of Lent reveals that our God is a liberator and savior, and that He can give life and hope to his people in the midst of the most uncertainty and desperation of life {first reading} just to praise his name.  However, to be able to do that we must turn our life to God, to set free our own self and turn our life entirely to Jesus Christ like Saint Paul did {second reading}. Because, it is only through Him and with Him that we can find the strength to free ourselves from everything that can be an obstacle for our salvation: like self justification and the intuition of unworthiness.  Paul, from his personal experience after his conversion, leads us to understand that the true liberation comes from Jesus.  Only God’s grace can transform our existence through repentance and a true conversion in the light of the saving act of Jesus Christ.  Everyone has been wounded and everyone have wounded someone, so there is an exceptional need for repentance as a proper response to God’s mercy.

In today’s Gospel John gave us a different version of mercy; a mercy that set us free.  This woman that was caught in the very act of committing adultery should be stoned to death according to the law.  Her accusers were the Scribes, the Pharisees and the elders, the were very prominent figures and well known for their religious belief and their interpretation of the law.  But Jesus’ word on this specific situation changed everything: “Let the one among you who is without sins be the first to throw the first stone”.  With those words Jesus sent everyone to look up to their conscience.  In the eyes of God no one is without sins.  In her entire life, the adulterous woman knew only two kinds of looks: a look of sexual desire that men bore on her and a murderous look of hatred and condemnation.  Jesus looks at her with respect, kindness and understanding.  He does not point to her an accusing finger.  Jesus does not deny the sin of this woman, but he does not condemn it. He lifts her up, puts her back up and restores her dignity as a human person.  He invites her to forget her past and start a new life, a new beginning.

One way or another, everyone is guilty of something.  Everyone has some type of wounds; either we have been wounded or we had wound someone else.  That is why Jesus came to us today to offer everyone his humble mercy and forgiveness.  Our life is full of scandals, small or big, known or unknown, but the grace of God can help us to overcome these scandals as we accept to repent and seek for forgiveness.  What we need to learn today during this Lenten journey is: “sin is a scourge, an evil to fight and to reject but the sinner is someone that needs healing and salvation”.

Una verdadera conversión de Cuaresma empieza con una mirada de ternura y compasión.  Hay dos cosas que nos pueden impedir  experimentar la mirado del amor inmenso de Dios por nosotros.  Una de ellas es la propia satisfacción o el sentido de justificación y la otra es nuestra intuición constante de la escrupulosidad falta de mérito en un sentido de decir que Dios nunca nos perdonaría.  En ambos casos podemos encontraros luchando en contra el corazón y la compasión misericordiosa de Dios.  En estas últimas  semanas, la liturgia cuaresmal nos invita a centrarnos en la tremenda capacidad de Dios para perdonar y ser misericordioso.  No hay tal pecado que Dios no pueda perdonar . Hemos aprendido y experimentado a fondo la historia de la salvación que Dios siempre ha mostrado misericordia a los pecadores, incluso las personas más imprudentes.

Las lecturas de la sagrada escritura de este quinto domingo de Cuaresma revelaron que nuestro Dios es un liberador y salvador y Él puede dar vida y esperanza a su pueblo en medio de la mayor incertidumbre y desesperación de la vida {primera lectura} por su gloria.  Sin embargo, para hacer eso debemos entregar nuestra vida a Dios, liberarnos de nuestro propio ser y dar nuestra vida completamente a Jesucristo como San Pablo lo hizo {segunda lectura}.  Porque, es sólo por Él y con Él que podemos encontrar la fuerza para liberarnos de todo lo que puede ser un obstáculo para nuestra salvación: como la autojustificación y la intuición de indignidad.  Pablo, en su experiencia personal después de su conversión, nos lleva a entender que la verdadera liberación viene de Jesús.  Sólo la gracia de Dios puede transformar nuestra existencia a través del arrepentimiento y una verdadera conversión a la luz de la acción salvadora de Jesucristo. En realidad cada uno ha sido herido en la vida y cada uno hirió a alguien y es por eso que hay una necesidad excepcional de arrepentimiento como una respuesta adecuada a la misericordia de Dios.

En el Evangelio de hoy, Juan nos dio una versión diferente de la misericordia; es una misericordia que nos hace libres.  Esta mujer sorprendida en el acto mismo de adulterio debe ser lapidada hasta la muerte según la ley.  Sus acusadores fueron escribas, fariseos y  ancianos, figuras muy prominentes y bien conocidos por sus creencias religiosas y su interpretación de la ley.  Pero la palabra de Jesús en este caso especifico cambia todo.  “Aquel de ustedes que no tenga pecado, que le tire la primera piedra” . Con estas palabras, Jesús envió a todos a mirar su propia conciencia.  En los ojos de Dios nadie está sin pecado.  En toda su vida, la mujer adúltera solo conocía dos tipos de miradas: una mirada de deseos sexuales que los hombres le mostraban y una mirada asesina de odio y condena.  Jesús por su lado la miraba con respeto, amabilidad y comprensión.  Él no la ha señalado con ningún dedo acusador.  Jesús no niega el pecado de esta mujer, pero no lo condena.  Él la levanta, la pone de vuelta y restaura su dignidad como persona humana.  Él la invita a olvidar su pasado y a comenzar una nueva vida, un nuevo comienzo.

De una forma u otra, todos somos culpables de algo.  Cada uno tiene algún tipo de herida; quizás  hemos sido heridos u otra persona nos ha herido.  Por eso que Jesús vino a nosotros para ofrecernos a todos nosotros su misericordia y perdón.  Nuestra vida está llena de escándalos, pequeños o grandes, conocidos o desconocidos, pero la gracia de Dios nos puede ayudar a superar estos escándalos si de verdad aceptamos el arrepentirnos y buscar el perdón.  Lo que tenemos que aprender hoy durante esta jornada de Cuaresma es que “el pecado es una plaga, un mal para combatir y rechazar , que el pecador es alguien que necesita sanación y de salvación”.